miércoles, junio 19

Primoz Roglic gana en el alto de l’Angliru, donde el Jumbo prosigue su festival de la Vuelta a España | Ciclismo | Deportes

La voz es aguda, trepana los tímpanos, rompe la niebla. Es el grito de un niño desesperado, de un chavalín en la cuneta que cree en los cuentos de hadas, que aún piensa que los buenos siempre tienen que ganar, un niño que ama a Sepp Kuss de rojo, como le aman todos los aficionados, y chilla tan fuerte como puede: “¡Los tienes ahí, los tienes ahí! ¡Venga, Kuss, tira para arriba, Kuss! ¡Los tienes ahí!” Kuss levanta la vista, detrás solo hay niebla, dos figuras borrosas que vuelan, como entrevistas en una televisión antigua, imaginadas en una pantalla llena de nieve. Delante está la meta. Delante gana Roglic ante Vingegaard, que ni le esprinta para hacerse con la bonificación. Detrás está él.

Quedan dos kilómetros para el final del calvario. Roglic ha atacado y Vingegaard le sigue con facilidad. Más de media hora después de haber empezado con un vals, el baile de máscaras alcanza su apogeo en el Angliru, Ramones a tope, ¡let’s go, let’s go! 20% de pendiente: el más bruto, el mejor. Sepp Kuss, el cuello torcido de tortuga vieja, la sonrisa grabada, permanente, rictus de dolor y de placer, debajo de la tirita en la ceja izquierda, ve alejarse a sus compañeros. No les grita, eh, esperadme. No son el autobús. Son campeones. Son el ganador de los últimos Tours, el ganador del último Giro y de tres Vueltas antes. Son los mejores del mundo. Quieren ganar la Vuelta, como él; quieren ganar la etapa, como él no puede. No sería digno. Kuss quiere ganar la Vuelta no por caridad para con el gregario devoto, sino por sentirse el mejor. Inmediatamente, sin dejar de pedalear, agacha la cabeza hacia el hombro, acerca la boca al micrófono del pinganillo, aprieta el botón y habla: “seguid, seguid, yo iré a mi ritmo”. No puede ir a su ritmo. No puede abandonarse. Cumple 29 años. No puede morir un día así. Debe acelerar. Hacer algo más que sobrevivir.

“Cuando oí, no solo al niño, sino los gritos de tanto aficionados que me animaban –y por la tele se oían dales, Kuss, tú puedes, Kuss, el coro de la esperanza en la justicia poética, al menos, el triunfo del deseo sobre el cálculo en el Angliru, la subida que todos sueñan con conquistar y temen afrontar, porque en su Cueña les Cabres, sus 450 metros al 24%, su alma se desnuda, se maldicen mil veces por haber querido ser ciclistas, se juran mil veces, tantas como el corazón les late en los cinco minutos que tardan en superarla, no volver en la vida a subir por ahí, a sufrir así, y un minuto después son las personas más felices del mundo, las más orgullosas–, el sentirme tan querido, me entraron ganas de llorar. Tanto cariño es algo muy especial”.

Es el festival del Jumbo una vez más. Los tres primeros en la cima del Tourmalet; los tres primeros en el Angliru. Dos etapas para Roglic. Dos para Vingegaard. Una y el liderato para Kuss. Es la banda del Jumbo, la banana mecánica del ciclismo del siglo XXI. La cuadratura del círculo. La Vuelta son ellos. Ellos, Kuss, Vingegaard, Roglic, entre ellos, se jugarán la victoria. “Hay muy buen rollo entre nosotros”, dice en castellano Kuss, la pulsera del Rocío, la mujer catalana, la casa en Andorra. “El segundo día de descanso nos reunimos los tres y llegamos a un acuerdo: que gane el mejor pero sin atacarnos entre nosotros”. La pelea no será una tragedia ni una farsa, será un melodrama. Tantas emociones, la oposición se ha diluido, confundidas en la niebla de la cima, perdidas, las figuras de Enric Mas y Juan Ayuso.

Demasiado para ellos la unión del Angliru y los mejores ciclistas del mundo. Inabordables. Desaparecido también el entusiasmo de Remco Evenepoel, que abre camino, dos minutos por delante del pelotón en el que los Jumbos conducen el rebaño, Colladiella arriba y abajo, Cordal arriba y abajo. Valles mineros que enriquecieron a los Figaredo y el sudor de los mineros, tan cercano al de los ciclistas, que ruegan a Santa Bárbara aunque no truene, escenario de la inmolación de Marc Soler, su sacrificio vano, que persigue, táctica de equipo, empeño individual, la sombra del maillot de lunares de Remco, su frescura, sus mofletes hinchados por los gritos de la afición, que siempre admira a todo aquel que intenta una hazaña, que sabe que solo los campeones que quieren ser campeones siempre dan grandeza a cualquier acto, aunque sea suicida, y grita a su paso, dale, Remco, vamos, venga, Remco. E igual que sus abuelos, que sus padres, les contaron que un día vieron pasar a Eddy Merckx o a Bernard Hinault o a Perico o a Chava, ellos contarán a los suyos cómo vieron sufrir a Remco, volar a Kuss, ganar a Vingegaard, crecer a Ayuso. Es Asturias. Territorio de gran ciclismo.

Según avanzan los kilómetros Remco se avejenta, su máscara definitiva ya ha perdido la lozanía juvenil, sus ojos, la chispa de vida, es un Remco de 10 años más el que tira la toalla a seis kilómetros de la cima. El que se deja avasallar por el pelotón que acelera al ritmo de tambor batiente de los Bahrein. ¡Llegó la hora de Landa!

El chaval de Durango sabe que el maillot rojo que lleva desde la octava etapa puede volar. Vingegaard, tan fuerte, está a solo 29s en la general; Roglic, a poco más de minuto y medio. Kuss está solo, en tierra de nadie, y solo el jaleo del público para empujarle. ¿Solo? No. A su espalda silba Mikel Landa. Landa quiere ser Landa. El landismo is alive, grita. El único español que no se hunde, que no se conforma con resistir mientras pueda, que ataca. El cronómetro, sobresaltado, alcanza los 25s. Landa llega y adelanta a Kuss. Es Landa y es el buen samaritano. Kuss se pega a su rueda y Landa no protesta. Landa salva a Kuss. La ventaja de los Jumbos voladores se reduce, baja, baja. Sin mirar atrás, Landa pedalea, pedalea. En su bondad infinita, casi ingenua, el alavés no cree que Kuss sea capaz de nada malo, pero le sorprende porque le esprinta y le adelanta para ser tercero. 10s de bonificación para Roglic, 6s para Vingegaard, 4s para Kuss. “Felicito a Landa por su gran etapa”, dice Kuss, que salva el maillot rojo por 8s. “En la meta le dije que él merecía el tercer puesto más que yo, pero que no podía dejar la bonificación…”

Puedes seguir a EL PAÍS Deportes en Facebook y Twitter, o apuntarte aquí para recibir nuestra newsletter semanal.